(La Razón) Es terreno minado en el que transito, pero arguyo que en la pulseta actual por la autonomía también se juega el destino de la cultura mestiza camba (y chapaca), enfrentada al avasallamiento de los que propugnan la hegemonía aymara sobre Bolivia.
Me lo recordó un amigo en ágape de sábado, comentando que en Tarija fue el ‘Motete’ Zamora quien entreabrió la puerta. Quizá retribuía votos o en pos de una base electoral permanente en su tierra, cuando era alcalde invirtió en un proyecto urbanístico para mineros altiplánicos, a los que cedió lotes para que se asentaran. Un diputado nacional chapaco, ante el enclave de centralismo en que se ha convertido el llamado, claro, barrio Huanuni en Tarija, hace poco declaró que si los pajueranos insistían en ir a contrapelo de la autonomía, entonces sería mejor que se vayan.
La fiel y valerosa, aparte de chura, sufre una invasión de norteños —así los llaman—. Norteños al norte y norteños al sur, dice Humberto Vacaflor. Se refiere a la hegemonía centralista noroccidental, hoy de ribetes aymara, y a Yacuiba, donde a mi criterio algún norteño, otrora contrabandista, hoy funge de chaqueño separatista. Le ocurrió a su sureña Tupiza, ese baluarte chicheño de la historia boliviana en tiempos fundacionales, que fuera avasallada perdiendo sus formas culturales, primero con la punta de riel del tren altiplánico a la Argentina en una Villazón poblada por norteños, luego con la marejada de mineros relocalizados de la Comibol.
Sensible a ser acusado de la variedad camba de fundamentalismo étnico que censuro en algunos aymaras, he rehuido tratar el enraizar de la mentalidad de enclave étnico a la que nos está llevando el etnopopulismo de Evo Morales, en su política de dividir para reinar. ¿Acabará por balcanizarnos?
El matiz de enclave étnico no se daba en Santa Cruz hasta que el gobierno de Evo Morales empezó a hurgar sensiblerías tribales como ardid politiquero. Sin tapujar prejuicios siempre existentes en cualquier sociedad con el recién llegado o el diferente, subrayo que aparte de la bonhomía con que se acogió a los occidentales, se decía que el hijo de colla era más come-colla que los mismos cambas.
Hoy el discurso etnopopulista de Evo Morales, más sus talegazos de petrodólares venezolanos, han enrolado adeptos en los bolsones de áreas de colonización en Yapacaní y San Julián. El Plan 3000 fue un recurso urbanístico con que se intentó racionalizar asentamientos, de un 10% anual de flujo de migrantes occidentales, en una urbe cruceña con un talón de Aquiles en las nacientes y las riberas del chúcaro Piraí. Dicen que es bastión del Gobierno, cual si fuera el centralismo el que forjó el entorno productivo que ha hecho de Santa Cruz la locomotora económica de Bolivia. Cuidado porteños de un Puerto Suárez anegado de indios andinos y asiáticos por el Mutún. Recuerden Avas, que es mortal para la cultura camba-guaraní el virus a contraer con algún proyecto de asentar aymaras en la antigua Cordillera de los Chiriguanos.
Sabe Dios qué asesoría extranjera les ha llevado al extremo de tirar por la borda tantos años de amalgamar, cual se aglutinan hojas secas en rica tierra vegetal, esa historia de mestizaje que fue un mezclar de sangres aún antes de los españoles. No ocurrió solo en el Nuevo Mundo, sino que es rasgo de toda conquista, donde las hembras siempre han sido botín de guerra, o proclives al dardo de Cupido con el conquistador. ¿No conocen la evidencia que queda en espléndida escultura de El rapto de las sabinas de Juan de Bolonia, que a punta de cincel interpretó en 1583 ese violento mezclar de sangre latina y sabina (y también etrusca) que fraguó en la gran Roma?
Quizá fue la sociología contagiada de dialéctica de la lucha de clases, más que imbuida del dinamismo del mestizaje cultural, que interpretara mal la forja de una Bolivia unida en la diversidad. Donde la interculturalidad tenía que ser el mecanismo que legitime los grados de mestizaje —tanto biológico como cultural— de diversos grupos del país, se optó por ganancias políticas a corto plazo al hurgar el avispero del resentimiento étnico, con retórica de una ilusa edad de oro prehispánica y media verdad de 500 años de explotación europea, asertos que pecan de etnocentrismo aymara.
De tal vertiente fluye el dividir para reinar subyacente al centralismo redivivo, en las varias formas de autonomía presentes en la Constitución ilegal del gobierno de Evo Morales. No se terminó de enhebrar un sistema descentralizado de administración de recursos generados por las regiones, que devino un régimen centralista que apela a argucias etnopopulistas, para sabotear procesos autonómicos departamentales irreversibles.
No creo estar tan amalgamado en lo camba y lo colla que me guste el api con cuñapé y las llauchas con café, como cantaba Arturo Sobenes. Al cabo, la interculturalidad busca la unidad respetando la diversidad, en una patria de oportunidades iguales para todos. Donde la inequidad, o mejor dicho las inequidades —las hay étnicas, de género, de pobreza— se morigeren con sabias políticas gubernamentales, sin apelar al resentimiento dañino, ni a la confrontación fraticida, ni a hegemonías disfrazadas de reivindicación.
¿No es iluso hablar de unidad en la diversidad, cuando Evo Morales y sus secuaces apelan a sofismas para restar peso a la contundente victoria del Sí el 4 de mayo en Santa Cruz? Con tal falaz lógica, ¿no se invalidaría también su 53,7% de votos de 2005? El cantonalismo del país, tanto territorial en la Constitución ilegal del MAS como mental en los berrinches étnicos, es el vino rancio del régimen de Evo Morales. Ojalá que no balcanice Bolivia. Desde ya, no contribuye a que los bolivianos se conozcan mejor y valoren sus raíces étnicas y culturales. Sobre todo, se respeten mutuamente.
*Winston Estremadoiro es antropólogo.
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