lunes, 12 de mayo de 2008

El atropello a la Constitución y a la institucionalidad

Adolfo Suárez Velarde

Con profunda preocupación podemos ver y escuchar a diario el constante atropello a la institucionalidad y como consecuencia también a la constitucionalidad; y lo más preocupante aún es que esto se está volviendo una costumbre. Dios no permita que también termine en ley, amparado en el Derecho Consuetudinario, por el que las costumbres con el pasar del tiempo se vuelven leyes. Al volverse algo común en nuestro medio, a vista y paciencia de todos, nos ha adormecido; no podemos seguir siendo partícipes indirectos con nuestro silencio cómplice; este accionar cotidiano lo vivimos a diario en todos los estrados de nuestra sociedad, estructuras del Estado y hasta en aquellas instituciones que se precian de ser Instituciones Tutelares de la Patria.

Al perder el horizonte ciertos servidores públicos, asumiendo algún cargo jerárquico, creen ser omnipotentes y que todos tienen la obligación de rendirles tributo y pleitesía, y pobre de aquél que reclame o se oponga a sus “políticas de gestión”. So pretexto de optimizar recursos humanos, llueven los despidos a diestra y siniestra, sin importar que muchos de los servidores públicos despedidos han llegado a esos cargos haciendo carrera y en la mayoría de los casos, el Estado ha invertido considerables recursos económicos en capacitar a este personal. Pero como poco o nada se tiene escrito en nuestras Instituciones, de un plumazo se los despide.

¡Afuera y a buscarse la vida!, no interesa que estos pobres ciudadanos tengan hogares y familias que sostener o compromisos contraídos que cumplir. Son seres humanos que en muchos de los casos forzadamente tienen que afiliarse al partido de gobierno de turno; de lo contrario los espacios laborales son llenados con acólitos, aunque no tengan ni la más vaga idea de los cargos que van a desempeñar, porque se tiene un errado preconcepto de que todo lo hecho en gestiones pasadas no sirve y hay que introducir “sangre nueva”, porque éstos vienen imbuidos de “ideas frescas”.

Lo peor de todo es que no existen políticas de Estado en cuanto a continuidad de gestión. Si bien es cierto que muchos de los planes de algunos gobiernos respondían a recetarios e intereses foráneos, no todo es malo. ¿Por qué mejor no recuperar lo positivo y lo malo mejorarlo o adecuarlo a los intereses del país, y no echarlo todo a la basura, porque era del Gobierno anterior?

Interpretamos con sano juicio que la democracia es integral, y que llega a todas las instancias e instituciones sin resquebrajar su funcionamiento doctrinario. Lastimosamente, algunas que se ufanan de ser verticalistas son las que más violan los derechos fundamentales de las personas, olvidando a propósito que existen derechos adquiridos mediante el cumplimiento del deber, establecidos en tiempo y espacio, y amparados en la CPE, que no da lugar a discusión. Pero a estos servidores públicos, que hoy circunstancialmente ostentan esos cargos, no les interesa el derecho de los demás. Olvidan que su función es la de servicio, sin hacer distinción de personas en cuanto a su credo, ideología o pigmentación de la piel.

Creen equivocadamente que los cargos que eventualmente desempeñan son un botín político, atropellando el derecho de los ciudadanos que conforman su entorno, sin considerar que muchos de ellos han llegado a ese sitial incluso arriesgando la vida y la integridad familiar, a fin de servir a su Patria, no como ciertos oportunistas que han hecho “carrera” en los pasillos o en los “vinos de honor”, atropellando los méritos de los demás, so pretexto de ser ahora genuinos originarios, aunque en situaciones pasadas procuraban hasta cambiarse el apellido por carencia de identidad.

Esto y mucho más se está viendo a diario en la administración pública y principalmente en ciertas instituciones verticalistas. Ahora, cuando más se habla de cambios, lo que tristemente vemos es una involución, una desconceptualización de lo alcanzado mediante las luchas de un pueblo agobiado por una clase política que se resiste a evolucionar, prefiriendo sucumbir en un retrógrado anquilosamiento primitivo. Primero y por siempre una Bolivia unida.