Juan Cristóbal Mac Lean E.El 2001 Naomí Klein publicó el libro No Logo y saltó a la fama en un santiamén. Es que el tema del libro, por una parte, tenía todos los elementos para convertirse en un best seller, ya que denunciar malvados es un tema que siempre atrae a la gente. Pero y sobre todo, el libro tuvo tanto éxito por lo bien hecho que está, minucioso y amplio, siempre bien documentado. Se examinan en él montoneras de casos, la autora está presente en muchos lugares para entrevistar y ver con sus propios ojos lo que está pasando… Y todo lo que cuenta es estremecedor. Las grandes marcas transnacionales (los logos), se embolsan cifras astronómicas a punta de trabajo semi esclavo y estrategias de destrucción de toda competencia. Es particularmente impresionante esa chispa de fría genialidad de alguno de los grandes ejecutivos de las grandes marcas, cuando se le ocurrió que en realidad, para ellos, no eran los productos en sí lo más importante, sino la marca, el logo de sus productos. Que primero había que crear y posicionar la marca –que luego los productos ya vendrían por añadidura–. Y lo que por añadidura hicieron fue cerrar fábricas, despedir a miles de obreros, deshacerse del engorro de producir… y mandaron a que otros contratistas produzcan para ellos, sirviéndose por toda el Asia de una mano de obra semi esclava y todos felices, publicitando las marcas, haciendo ganancias astronómicas y con medio mundo llevando puestos productos de esas dichas marcas. Los ejemplos se acumulan vertiginosamente y se abre un panorama bastante desolador, en el que los grandes poderes hacen lo que les da la gana y todos somos sus clientes y sus víctimas. A este país no habrán llegado esas maquilas de trabajo semi esclavo pero en cambio, eso sí, hace mucho que llegó la seducción de las grandes marcas. Nike, Gapp, Coca– Cola o cosas así, son efectivamente el sueño de todos los adolescentes, sobre todo pudientes.
Pero ya pasaron unos años de la publicación de No logo, y aprovechando que Naomi Klein estaba por La Paz para publicar un nuevo libro, nos acercamos a para preguntarle, entre otras cosas, sobre cómo ve ahora el mismo tema, si los malos siguen siendo tan malos como antes y el trabajo esclavo sigue siendo el de miles de miles de asiáticos.
Justamente, responde Naomi Klein contando que hace muy poco estuvo en la China, esa impresionante fábrica del mundo entero, con unas 100 mil fábricas o complejos industriales. En todo caso, contó que la situación había mejorado notablemente, aunque, eso sí, ello no se debía necesariamente a que las corporaciones se habían vuelto de pronto “buenas”. Era que, simplemente, ahora estaban bajo la mirada pública mundial y ya no podían cometer los desmanes de siempre. En todo caso, ella siguió moviéndose, descorriendo un velo tras otros de esos tras los que se esconden las prácticas más aberrantes de un capitalismo ya por sí aberrante.
“En los últimos tiempos mi vida fue muy extraña, aparte del tiempo que me tomó escribir después de mucha investigación, yendo a Irak, Sri Lanka después del Tsunami… pero para escribir el libro tuve que esconderme durante un año después de pasar meses viajando, y ahora el libro sale traducido a muchos idiomas y también estuve viajando por las presentaciones. Lo que me impresiona es ver cuánta falta de esperanza que hay sobre cómo cambiar las cosas en todas partes…”
Sin embargo, luego Naomi pasa a contar sobre cuán favorablemente impresionada está con el discurso que acaba de escucharle a Evo Morales –era el primero de mayo–, en el que él mismo hablaba contra la corrupción, al mismo tiempo que pedía al público que lo ayudase contra ella, lo cuál la sorprendía mucho. “¿Dónde más hay alguien que les diga ‘ustedes avísenme’? Y además se notaba la honestidad y entereza con que lo hacía… Más que aplausos de los de siempre, parecía que se tratara de una reunión, en la que él estaba informando, al mismo tiempo muy autocríticamente, hablando sobre los límites que hay en lo que se hace…”. Lo que la hacía pensar en cuán difícil debe ser gobernar, desde el punto de vista del trabajo del gobierno para hacer que las cosas funcionen. Tampoco pudo impedirse comparar el caso de Evo hablando de corrupción con el de Bush: se sabe que en el caso de Irak, por ejemplo, hubo una corrupción descomunal, pero el tema jamás fue mencionado por los poderes del Estado. Mientras que, enfatizaba fuertemente, nunca antes había visto ella a un presidente tratar el tema, pedir que le señalen lo necesario mientras incluía a todos en esa lucha.
En el caso nacional, evidentemente, no se debía ni podía volver atrás (confesó que, que si el proyecto de Evo Morales fracasara eso la apenaría enormemente) y que ahora se trataba de seguir buscando y construyendo el camino. Desde el punto de vista institucional, eso significaría prácticamente volver a reconstruir las herramientas con las que trabajar gobernando.
En la misma línea, las opiniones y pasiones de Naomi Klein van reflejando, a su vez, posiciones y principios que a estas alturas están bastante generalizados, en unos u otros segmentos sociales y orillas ideológicas. “Lo que está ocurriendo en Colombia es una barbaridad, en Chile hay una desigualdad espantosa, hay que tener el coraje de encontrar otro camino que no sea el que nos devuelva a los desmanes y abusos a los que se dedicaron todos los anteriores regimenes gobernantes…”
Naomi Klein va punteando sus argumentos y esperanzas con claridad, lo hace con conocimiento de causa, en la medida en que se ha informado ampliamente de lo que habla al mismo tiempo que lo hace con frescura y convencimiento. Imposible no comprender su fe, su arrobo ante las nuevas izquierdas latinoamericanas.
La última London Review of Books, que acaba de aparecer (www.lrb.com) contiene, justamente, una larga reseña de Stephen Holmes al libro que Naomi presentaba en La Paz (La doctrina del shock). En este libro, Naomi vuelve al ataque mostrando y denunciando como los malos son tan malos como siempre, mientras sólo habrían cambiado de rubro de momento. A lo largo del mundo no dejan de cometer sus espantosas, disimuladas o incluso indisimuladas fechorías. El pretexto ahora es insospechable: las crisis naturales y sociales, los grandes desastres que sin embargo se convierten en motivo para el enriquecimiento descomunal de unos cuantos. Holmes, en su reseña, expone los argumentos centrales del libro, aplaude algunos desarrollos muy bien informados, poniendo aquí y allá algunas dudas. Por ejemplo, Holmes discute la idea de Klein de que en la Rusia de los 90 se haya cometido un crimen contra la democracia. Tras sugerir un par de ideas opuestas, Holmes concluye: “La auténtica democracia no emergerá espontáneamente solo porque haya caído una tiranía con todas sus ‘distorsiones’. Klein podría defenderse diciendo que la ‘democracia’ que ella ensalza es exclusivamente una democracia de protesta, nunca de gobernanza y por ello invulnerable al criticismo por falta de limpieza, por estupidez o abuso de poder. Pero esta respuesta no se avendría con su comprensible, aunque irrealista esperanza de que los ciudadanos ordinarios del mundo pronto ‘se convertirán en los autores de sus destinos nacionales, por fin”.